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miércoles, 23 de julio de 2014

Capítulo 2: Redención.

Venecia, 10 am. Marzo, 2002.
Hospital psiquiátrico.

Estoy harta de estar en este sitio tan infernal. No me dejan salir de aquí, apenas veo a mi madre y encima me obligan a tomar unas pastillas que sigo sin saber para qué son. Dicen que son para dormir, pero esta panda de idiotas no tienen ni idea de lo que es tener auténtico miedo a dormir. No quiero, no después de todo lo que he vivido.
De todo aquello hace ya casi dos años, pero no soy capaz de pensar en otra cosa.
Además no me creen. Nadie me cree, ni siquiera mi madre.
Estoy sola.
Además, todos los malditos días me hacen las mismas preguntas. Una y otra vez. Una y otra vez. Esperan que algún día mi versión de los hechos cambie, que aterrice a la vida real.
A veces pienso en contentarlos, en contarles lo que quieren oír. Pero se saldrían con la suya, así que si tengo que pudrirme dentro de este apestoso lugar... que así sea.
Estoy en una habitación, que tiene televisión, libros e incluso música. Pero nada de teléfonos, nada con lo que pueda comunicarme con el exterior.
Entra una enfermera rubia, muy guapa, pero perfectamente podría ser mi madre así que seguro que está casada. Lleva  una bandeja llena de comida, un vaso de agua y... ¡Tachán, la mágica medicación que todo lo cura!
Lo deja sobre una mesita y se sienta en el borde de mi cama. Me mira, suspira y me sonríe.
-¿Te apetece contarnos hoy lo que pasó de verdad? Robin, sabes que cuanto antes será mejor admitir la verdad.-
Oh no, otra vez no.
-Por última vez. NO. ESTOY. LOCA. Y por mi te puedes llevar toda esa comida, no pienso probarla. - Le doy la espalda.
-Robin. ¿No quieres salir de aquí y llevar una vida normal y feliz?-
-¿Normal? ¿¡Qué sabrás tú de normalidad?!-
-Eh, tranquila...-
Pone una mano en mi brazo e intenta acariciarlo...
-Olvídame.-
Entonces entra un guardia por la puerta. Siempre hay uno en cada puerta para vigilar. Ni que fuera una loca asesina en potencia. Bueno, ellos consideran que estoy loca.
-¿Va todo bien por... aquí?- Pregunta.
Se que no voy a conseguir nada, que no voy a llegar lejos. Ni siquiera se por qué se me ha ocurrido hacer esta idiotez. Pero salto de la cama.
Corro hacia la puerta, y antes de que puedan reaccionar me acerco al guardia y le arranco del bolsillo su pistola paralizante y la uso contra él.
Pocos segundos después está tirado en el suelo.
Echo a correr a toda velocidad.  La enfermera grita y pide refuerzos, pero yo no pienso rendirme.
Me cruzo con dos enfermeras: Empujo un carrito que hay en el pasillo lleno de gasas y vendajes y lo empujo hacia ellas, bloqueándolas el paso.
Un guardia intenta retenerme rodeándome de los brazos mientras que otro trata cogerme por las piernas. Apunto con la pistola al guardia que me sujeta por los brazos y le doy una patada en la entre pierna al otro y vuelvo a correr.
Sigo corriendo, ya casi estoy cerca de la puerta principal.
-¡¡Cogedla, cogedla!! ¡Va armada!-Gritan unos guardias.
Casi alcanzo la gloria, pero es demasiado tarde. Aparecen cuatro guardias de la nada y me sujetan con fuerzas. Levantándome del suelo.
-¡¡SOLTADME!! ¡QUE ME DEJÉIS!- Pataleo, me retuerzo, intento sacar fuerzas pero es inútil.
-Esto se ha acabado de una vez, Robin. Llevadla a su habitación y cerrar las puertas y ventanas con llave. YA.-La voz de la directora suena fría, autoritaria.

Todos miran expectantes, horrorizados, pero otros están sorprendidos.
Pero lo más raro es... Un chico que hay entre la gente.
No puedo dejar de mirarle. Pero es que él tampoco aparta la mirada de mi. Tampoco se mueve de ahí.
Se cruza de brazos, sigue mirándome y... sonríe. Espera, espera. ¿Está sonriendo?
La verdad es que es bastante guapo, muy atractivo. De mi edad, eso seguro.
 Tiene el cabello oscuro y unos ojos azules intensos.
Conforme me voy alejando me doy cuenta de que ese chico no piensa apartar la mirada, incluso estoy segura de que me ha guiñado un ojo.
Lo más curioso es que esa sonrisa era de diversión, de satisfacción. ¿O tal vez de un chico que se siente orgulloso de haber presenciado mi intento de escapada? ¿Acaso le he gustado?

*4 horas después*.
No me han llevado a mi habitación. Tal como me esperaba, me han llevado a una habitación aislada. Totalmente aislada.
No hay nada dentro, solo una cama y está muy iluminada.
Ya me trajeron aquí una vez,  intenté escaparme cuando llevaba dos meses encerrada.
Se abre una puerta de golpe y entra la directora del centro: La señora Miles.
-¿Estás más relajada?- Se cruza de brazos y me mira desafiante, sin mostrar ningún gesto de amabilidad.
Le enseño el dedo índice y no aparto la mirada.
-Me tomaré eso como un si, si quieres salir de aquí. Te quiero fuera en 10 minutos, tienes visita.- Suspira y se queda junto a la puerta, dispuesta a salir de nuevo.
-¿Visita? Pero hoy no es día de visita. Además mi madre no me avisó la semana pasada de que fuera a...-
-No es tu madre.- Me interrumpe y esta vez se marcha.
¿Entonces quién demonios puede ser? Desde que estoy en este lugar solo vino Kassia (mi mejor amiga de la infancia) un par de veces a visitarme.
Salgo escoltada por dos guardias, sin dejar margen alguno para que pueda salir corriendo.
Entramos en el gran comedor y veo a unos cuantos pacientes sentados en sofás junto con sus respectivas familias.
-Ahí está. Tienes 2 horas.- Dice uno de los grandes guardias. Entonces mi mirada va directamente a la mesa que el hombre está señalando. Un chico está sentado sobre una silla, mirándome, esperándome.
No puede ser. Es el chico de ojos azules que vi antes.
Ha venido a verme a mi.
Trato de relajarme, pero me tiemblan las piernas. ¿Qué sentido tiene todo esto? Saco todo el valor y me acerco a la mesa. Me lo pienso dos veces, pero finalmente me siento en la silla que hay frente a él y apoyo los brazos sobre la mesa.
Ambos nos miramos a los ojos y él sonríe satisfecho.

-Macropus rufus- Es lo primero que dice. Es la primera vez que escucho su voz. Su grave, melodiosa y tranquilizadora voz.
Dios mío, es guapísimo.
Oh no, Robin, espabila. Despierta. Aparta un poco tus hormonas revolucionadas y céntrate.
-¿Qué has dicho?-
Se ríe a carcajada limpia y se acerca cada vez más a la mesa.
-He dicho Macropus Rufus, mejor conocido como canguro rojo. -Sonríe con tranquilidad.
-Mira, si has venido a reírte de mi por mi te puedes marchar, imbécil. No se dónde le ves la puta gracia pero no la tiene.- Me levanto de la silla decidida a marcharme de ahí. No se como he podido pensar que un chico como él podría estar interesada en mi. ¿Cómo un chico tan increíblemente atractivo como él podía ser tan propenso a la idiotez mental?
-No, no te vayas. Espera un momento, por favor...Robin.- Ahora suena como desesperado, incluso se ha levantado para cogerme de la muñeca.
No me muevo, me quedo quieta y por una extraña razón, no tengo miedo.
-¿De qué me conoces? Y no me digas que sabes mi nombre porque lo has escuchado antes, esa respuesta no me vale. -
-Está bien, te lo contaré. -Suspira y se sienta sobre la silla una vez más. Me ha convencido, así que yo hago lo mismo y vuelvo a sentarme. -Te he estado buscando... mucho tiempo. Se quién eres, se lo que te pasó. No pensé encontrarte en este lugar, pensaba que solo eran rumores. Pero entonces te he visto pelear contra esos gorilas y esa mujer que se parece a la Señorita Rottenmeier te ha llamado por tu nombre y entonces... me he dado cuenta de que eras tú.- Hace una pausa para respirar y apoya la espalda en el respaldo de su silla.
-¿Y a qué has venido? ¿A reírte de mi? ¿A decirme que estoy loca? ¿A decirme que debo dejar de tirar la medicación y tomármela? No gracias, de momento no veo duendes de colores ni tengo voces en la cabeza.- Se que tiene ganas de reír, pero lo reprime.
-No, no. Todo lo contrario. Yo te creo, Robin. Es evidente que eres una clara excepción. Sobreviviste. Escucha, ese tipo ya ha hecho de las suyas muchas veces, incluso después de que te atacara a ti. -Esta vez baja aun más la voz y se acerca de nuevo a mi.
Se que la ocasión no es ocasión indicada, pero no puedo evitar sonreír esta vez. Él se da cuenta y corresponde.
No puedo evitar fijarme en las pequeñas arrugas que se le forman en los ojos cada vez que sonríe, como se le iluminan los ojos azules cristalinos cada vez que se ilusiona con su argumento. En su pelo negro corto, fuerte y brillante como sus músculos.
-¿Y qué es lo que me has llamado antes? Macropus... Qué?-
Él se echa a reír con ganas, y yo no puedo estar seria. Sus carcajadas son muy contagiosas.
-Antes te he visto dar todas esas pataletas, esas patadas... Que me has recordado a un canguro. Y como tienes ese pelo rojo que parece puro fuego, pues me has recordado a uno de ellos. No era nada malo. - Me guiña un ojo.- Por cierto, eres mucho más guapa de lo que creía.
Siempre me consideraba una chica normal, del montón. Pero ahora me imagino mirándome en el espejo, mirando fijamente mis pecas, mi melena rojiza y mis ojos castaños claros y... me siento atractiva.
Me ruborizo y le dedico la sonrisa más sincera que se pueda imaginar. Él se ha dado cuenta de como me ha sentado su comentario, que me ha hecho sentir especial. Entonces él acerca su mano, acaricia la mía y me siento cada vez más tranquila.
Él me cree, me va ayudar.
No estoy sola.
-Guau. Vale, está bien, te creo. Pero si tengo que confiar en ti...Tendré que saber cual es tu nombre. Porque...-Me acerco hacia él apoyando los brazos sobre la mesa.- Dudo que pueda pasar toda la vida llamándote: El chico el guapo de ojos azules que dice ser mi única salvación.
-¿Así que te parezco guapo?-
-¡Oh vamos, venga ya! Corta el rollo y céntrate, ¿Quieres?- Él se ríe divertido y yo le sigo la corriente.
-Sería tentador dejar que me llames así, pero... Seré justo contigo. -Tose y hace una pequeña pausa.- Me llamo Killian Shepard. Y ahora, ¿Le importaría a la peleona revelar su nombre completo?-
-Pensaba que a estas alturas ya lo sabrías todo.- No puedo evitar utilizar un tono entre sorpresa y diversión.- Yo me llamo Robin Aldrich. Nací en Italia, pero mis padres no querían ponernos unos espantosos nombres, así que ya ves.- Una gran punzada de dolor atraviesa mi pecho, mi estómago, mi garganta.. Pensar en mi padre y en mi hermana me deja hecha polvo. Totalmente.
Trato de disimular como puedo y sonrío.
-Y bueno, Killian Shepard... ¿Qué es lo que quieres hacer por mi exactamente?-
-Quiero ayudarte. Ayudarte a adelantar salida de este sitio horrible. Ayudarte a encontrar a ese tipo, el que te arruinó la vida.- Me mira directamente a los ojos con seriedad. Es la primera vez que saca esa mirada tan sincera. -Te juro por mi vida que lo haré.- Me sujeta la mano con fuerza y me la aprieta, pero sin hacerme daño.
Es la primera vez en muchísimo tiempo que me siento segura, como en casa.
Es la primera vez desde aquella noche que no tengo miedo. No se qué decir, ni siquiera se como reaccionar. Hago esfuerzos por hablar, pero tengo algo en la garganta que no me deja contestar.
Por fin me aclaro la voz y digo lo primero que pienso. Lo que más me llama la atención de todo esto. Sea cual sea la respuesta, se que me va a gustar.
-¿Y qué ganas tú con esto? ¿Por qué lo haces?-
-Digamos que me recuerdas a alguien muy especial... Además, se que estás sola y necesitas que alguien esté de tu parte. -Suspira y agacha la mirada.- Y... para ser del todo sincero, ese tipo también me arruinó la vida hace tiempo.-
-Entonces nos ayudaremos el uno al otro. Pero por favor, sácame de aquí.-Él sonríe y me estrecha la mano con suavidad.
Una gran descarga recorre mi mano, llena de calor y alianza.

Capítulo 1: Empezando de cero.


Nueva York.  08:30 am. Octubre, 20008.

Me he vuelto a quedar dormida en el escritorio de mi despacho. 
Otra vez he vuelto a soñar con lo mismo, con mi horrible pasado.
Como acabé después de todo ingresada en aquel psiquiátrico durante dos eternos años. 
Han pasado ya 8 años, pero esa pesadilla jamás se irá. Por mucho que mamá y yo intentemos rehacer nuestras vidas, eso jamás será posible. Aun así no nos va del todo mal últimamente.
Cuando creyeron que no era una gran amenaza pública y consideraron que estaba por fin mentalmente estable mamá y yo decidimos dejarlo todo atrás e irnos a vivir muy muy lejos.
Nos costó mucho decidirnos, pero aquí estamos. Ella trabaja en un comedor social, y yo... bueno. Digamos que no hago un trabajo lo que se dice muy muy limpio.
Toc, toc, toc. 
-Eh, Robin. Te están esperando.- Una cabeza redonda se asoma por la puerta ahora entreabierta y me sonríe.
-Voy enseguida, Pat.- Me levanto casi dando un salto, busco mi chaqueta y doy un pequeño bostezo.
-¿Va todo bien?-
-Si, es solo que anoche no dormí del todo bien. Pero estoy llena de energía, te lo juro.- Patrick Klausten es mi mejor amigo. Desde que la primera vez que le vi. Fue como un chispazo, todo muy extraño. Discutimos bastante, pero no podía vivir sin él. Sería como dejar de respirar, y dudo mucho que pudiera soportar algo así una vez más.
El pelo de color castaño oscuro le cae sobre los ojos, que también son marrones. Mide casi dos metros de altura, así que la gran mayoría de veces tengo que ponerme de puntillas para poder darle un abrazo. Pero no me importa, me hace sentir segura.
Cierro la puerta de mi despacho con llave. Me aseguro que he hecho bien mi trabajo y dejo que Pat me pase el brazo por los hombros y caminamos sin poder dejar de charlar.
-¿Seguro que estás bien? Puedes pasar de hacer estoy hoy y tomarte un descanso. No quiero que esto te acabe consumiendo...-
-Pat, estoy bien. No voy a dejar que esto me agote, me gusta hacerlo. Y después si quieres podemos ir a desayunar juntos ¿Te apetece?-
No hace falta que diga nada más, su sonrisa me vale como una válida respuesta.

Calle Cortlandt, hemos llegado. En realidad solo hemos tenido que doblar la esquina, pero siempre me gusta pasear con Patrick.
Atravesamos la gran verja del gran edificio gris y viejo que tenemos delante y sacamos nuestra identificación.
Entro en una pequeña salita, donde guardamos todo nuestro equipo de trabajo. Cojo una pistola y me la guardo en el bolsillo trasero de mi pantalón, cojo unas esposas y me las guardo en el otro bolsillo. Me pongo mi chaleco y cierro la puerta al salir.
Bajo unas escaleras que van directamente al húmedo, oscuro y silencioso sótano. Aun así soy capaz de escuchar unas voces muy cercanas.
Thomas, Neal, Jackson, Rick y Patrick ya están esperándome en el pasillo. Mirando por una gran ventana gruesa que da a  una gran habitación. Una sala de torturas.
Bueno, dicho así suena del todo mal. Prefiero decir que es nuestra oficina de trabajo, suena más profesional.
-¡Ya era hora de que llegaras!- Corean Thomas y Jackson al mismo tiempo con una gran sonrisa.
Sonrío pero me es inevitable soltar un gran suspiro.
Me acerco a la puerta de la sala. Jameson que hasta ahora no me había dado cuenta de que estaba dentro, me hace unas señas con la mano para que pase. Hay mucha luz dentro.
Hay una gran silla negra  delante. Ahí es donde se sentará mi siguiente "cliente".
-Hacedle pasar. - La voz de Jameson suena grave.
Patrick y Neal obligan a sentarse sobre la silla a un hombre de unos 50 años. Pelo pelirrojo aunque se le notan unas cuantas canas. No es de gran estatura y tiene los dientes totalmente descuidados. Dudo que mida más que yo, pero se nota que tiene fuerza.
-¿Es él?- Pregunto con firmeza.
-Si, es él.- Contesta Pat y me mira directamente a los ojos.
Me acerco a una pequeña mesa y cojo un informe. Le echo una rápida ojeada y sonrío victoriosa.
-Perfecto.-Me acerco a la silla, me saco las esposas y lo ato con fuerza para que no pueda moverse.- Morgan Lacelloti. Un psicópata en potencia. 52 años, en paro, divorciado, viudo... Oh no, espera. ¿Lo he dicho mal, verdad? Violaste a tus dos hijas durante meses en secreto hasta que no pudieron soportar más callar la verdad. Después trataste de matarlas, pero como aquello te salió mal decidiste ir a por el novio de tu ex mujer, y después la degollaste. -
Mi voz suena fría, pero él no controla las carcajadas que salen de su interior.
-¿Se puede saber qué te produce tanta risa?-
-Tú. Eres igual de patética que mi ex mujer, una paria social. Una don nadie.-
Le doy un puñetazo en la mejilla.
No se inmuta.
-Zorra. Puta.-
Otro puñetazo. Y otro en el estómago. Y después otro más. Está empezando a sangrar.
-No sabes cómo estoy disfrutando con esto, hijo de puta.- Le doy otra patada más pero la silla se vuelca.
Lo incorporo de nuevo y veo que tiene un ojo hinchado y el labio partido.
Bien.
-¿Esto te pone cachonda, nena? No es justo que solo uno de los dos se divierta.- Esta vez saco la pistola de mi bolsillo y apunto hacia él. -Se quién eres. La pobre chica que siendo solo una indefensa e inocente adolescente vio morir a su padre y a su hermana pequeña. Y encima la pobrecita niña acabó encerrada en un psiquiátrico porque pensaban que estaba completamente loca.- Empieza a reírse a carcajada limpia.
Es asqueroso. Por suerte no le queda mucho por respirar.
Pero para mala suerte la mía, ha sabido como tocar mi punto débil. Y duele, duele mucho. Pero no puedo flaquear ahora. Delante de un tipo como él, jamás.
-Vete a la puta mierda, cabrón.-
-Él te encontrará, volverá a por ti. -No dejo que siga hablando. Aprieto el gatillo con fuerza y le disparo en la cabeza.
Ya está. Está muerto.
Me seco el sudor de la frente con la mano y miro de reojo a los demás. Me miran pero no saben qué hacer.
Dejo la pistola sobre la mesa y salgo corriendo al pasillo, lejos de ellos.
Necesito pensar, necesito respirar. Necesito llorar pero no lo voy a hacer ahora.


Creo que no han pasado ni 10 minutos cuando la voz de Patrick me despierta obligándome a pone rde nuevo los pies sobre la tierra.
-¿Estás bien, pequeña?-Me revuelve el pelo con cariño. Sabe que odio que haga eso, excepto cuando me siento dolida. Él sabe que este es ese momento.
Aun así le miro a los ojos y sonrío con sinceridad.
-Claro que si. ¿Vamos a tomar ese apetitoso y delicioso desayuno?-




martes, 22 de julio de 2014

Prólogo: Robin.

Salónica, (Grecia). Abril,  2.000.
21:30 pm.

-¿Entonces de verdad piensas que algún día podremos visitar España?-
-Oh, si. Ya lo creo que si. -La voz de mi padre suena convincente. Tal vez más de lo que pretende, pero ya es tarde para que se pueda arrepentirse. - Y si tanto te gusta la arquitectura iremos a visitar Barcelona. Creo que te encantará. Visitaremos las grandes obras de Antonio Gaudí. Tienes mucha suerte, ¿Sabes Robin? No todas las chicas de 16 años pueden permitirse hoy en día un viaje así. - Me aprieta el hombro con mucho cariño, aportándome cariño, esperanzas.

Mamá ha querido quedarse en casa. Bueno, no es en realidad nuestra casa ya que ni siquiera vivimos aquí.
Mis padres decidieron tomarse unos días de descanso, así que esto puede considerarse una pequeña visita. Papá, Gabe y yo salido a dar un paseo por el puerto. Mamá esta vez quiere sorprendernos con una suculenta cena.
Estoy hambrienta.
No hay prácticamente nadie en la calle, así que estamos apunto de volver. Para ser del todo sincera, me pone nerviosa que haya tanto silencio y tanta tranquilidad. Si estuviera en Nápoles, (en casa) sería otra historia, pero  un lugar que no conozco es muy diferente.

-Amigo, ¿puede prestarme algo de dinero? No tengo para comer.- La voz grave de un hombre acaba de devolverme a la realidad. No se de dónde ha salido, pero me ha asustado. Lleva un abrigo bastante grueso y tiene el rostro medio oculto por la capucha, pero por lo que puedo diferenciar es un chico de la edad de mi padre, aunque bastante más corpulento.
Mi padre niega con la cabeza y acelera el paso, sujetándome del brazo con bastante fuerza. También me doy cuenta de que tiene cogida a mi hermana de la mano con firmeza.
Se siente amenazado, lo noto.
-Caballero, me parece que no me ha prestado demasiada atención.- Ha levantado mucho la voz, así que ahora es cuando el miedo empieza a invadir mi cuerpo.
-Oye...- Empiezo a decir, pero todo ocurre demasiado rápido.
Mi padre me empuja con mucha fuerza hacia un lado. Lanzo un grito ahogado, y caigo de espaldas.
No me ha dado tiempo para reaccionar, solo he cerrado los ojos durante 10 segundos.
Pero esos 10 segundos han sido suficientes para destrozarme la vida.
Mi padre yace inmóvil en el suelo y si no fuera por la mancha negruzca que tiene en el pecho diría que solo había sufrido un pequeño mareo.
No puedo gritar, no puedo moverme, no soy capaz de reaccionar: Estoy aterrada.
Soy incapaz de mover las piernas, no recuerdo como respirar, ni siquiera recuerdo ni mi nombre ni por qué estoy aquí.
Consigo levantarme, pero es demasiado tarde. Gabe, mi pequeña hermana de 13 años también ha dejado de respirar. Está muerta. Igual que mi padre.
Y yo no he hecho nada por evitarlo. No he podido.
-¡¡¡NO!!!- No soy capaz de controlar las lágrimas. -¡¡HIJO DE PUTA!!-

El chico ahora se ha quitado la capucha, busca mis ojos y sonríe maliciosamente. Me muestra un cuchillo y paso a paso se acerca hacia mi. -Oh pequeña, me temo que solo quedas tú.- Su voz me atraviesa el pecho como garras afiladas.
Va a matarme.
No. No le voy a permitir a este hijo de la gran puta que me toque.
Entonces empiezo a correr tanto que las piernas me arden, aunque no puedo evitar sentir un gran subidón de adrenalina al comprobar que le estoy sacando una gran distancia.
No puedo echarme a llorar porque entonces eso me delataría, necesito buscar un buen escondite. O llegar a casa. O buscar a la policía. Entonces le cogerán y podré llorar mi gran pérdida. Esa que no he sido capaz de evitar y que me perseguirá durante toda mi vida.
Corro tan rápido como puedo, pero me parece que me he perdido. No se como volver a casa.
Me escondo en un callejón, me acuclillo y trato de respirar lo más suave posible.
Pero es inútil: Me ha encontrado.
Lo se porque cuando levanto la mirada, veo esa sonrisa que hiela mi propio corazón.
Se acerca cada vez más a mi y me empotra contra la pared con rabia. Seguro que no le ha hecho ninguna gracia tener que correr, seguro que le he complicado las cosas.
-Primero quiero divertirme un rato contigo, cielo. No te va a doler.- Susurra en mi cuello. Apoya una mano en mi pecho y lo aprieta. No puedo soportar esto. No puedo dejar que siga así.
-Y una mierda, cabrón.- Mi voz suena segura. No se de dónde he sacado el valor, pero mi rodilla ha hecho un buen trabajo. Ahora está arrodillado, abrazándose el estómago: Una buena patada en la entrepierna.
Pero no puedo cantar victoria aun. Con una mano me sujeta con fuerza la pierna y soy incapaz de moverme.
Intento sacudirme como puedo.
Me tira al suelo y se sienta sobre mi estómago.
-Ahora si que vas a sufrir, maldita zorra.- Alargo una mano, cogiendo el cuchillo que se le ha caído al suelo cuando le he dado el rodillazo y se lo clavo en la pierna izquierda.
El grita y lo último que recuerdo es que me ha dado un buen golpe en la cabeza.

No puedo respirar, todo está oscuro.
Parece ser que al final no voy a salir de esta.


-Venecia, 10 días después.-
Lo último que recuerdo de aquella horrible noche fue que me desmayé, y después las sirenas de la policía y la ambulancia.
Mi madre al darse cuenta de que nos habíamos retrasado demasiado decidió pedir ayuda.
Cuando me encontraron estaba medio muerta. Según los médicos, fue un puro milagro que saliera victoriosa.
Porque yo no quería morirme, así no. Supongo que soy más fuerte de lo que aparento ser.
Lo siguiente que recuerdo después de despertar al salir del quirófano era la gran habitación blanca.
Todo lleno de agujas, gasas, medicamentos y muchas cosas extrañas de médicos:

-¿Pero cómo se supone que le vamos a contar esto?-
-Haciéndolo, Melanie. No es tan difícil como parece.-
-Pero doctor... Ella piensa que fue un hombre quién asesinó a su familia. Dice que ella lo vio todo.-
-Eso es imposible, esas marcas son de un animal salvaje. Está clarísimo. -

Nos separa una simple cortina, ¿Se piensan que aunque hablen casi en susurros no les iba a escuchar? Panda de imbéciles.
Me incorporo en la camilla como puedo, pero me duele absolutamente todo.
Se que estoy en casa, porque ya he visto unas cuantas caras familiares. Me trajeron hace varios días, pero yo estaba prácticamente inconsciente después de todo lo ocurrido.
Ahora sólo tengo a mamá, y mamá me tiene a mi. Estamos solas.
-¡Eh, que estoy despierta!- Mi voz suena ronca, pero serena.
Los dos médicos corren la cortina y se acercan a mi camilla.
-Hola, Robin. ¿Cómo te encuentras?-
¿Está de coña? Puede que no trate de ser un completo idiota, pero la verdad es que este hombre me está poniendo histérica. Miro detenidamente la placa donde pone su nombre y le miro a los ojos.

-Oh, estoy de fábula Dr Carmichael. Hace una semana asesinaron a mi padre y a mi hermana delante de mis narices, después ese mismo tipo intentó violarme y asesinarme. Pero eh, ¿Dónde está la fiesta? ¿Y la discoteca? ¡Estoy pletórica!-Cada vez estoy más cabreada y no puedo controlarlo. Él se cruza de brazos, me mira con una media sonrisa aunque trata de ocultarla y guarda silencio.
-Oh cielo, ¿Aun sigues pensando que era un hombre? Lo que os atacó a ti y a tu familia debió ser un perro, o tal vez un animal mucho más grande. Pero no habían indicios de que fuera una persona. -Su voz trata de ser tranquila, pero a mi no me engaña.
-Escúchame gilipollas, yo se lo que vi. FUE UN HOMBRE. NO UN MALDITO ANIMAL. ¿ME OYES?-Doctora... deprisa.-
-¿¡Me está usted escuchando?! -Trato de levantarme de la camilla pero no puedo, no tengo fuerzas.
-¡¡¡¡DOCTORA, YA!!!-
La misma mujer que estaba hace unos minutos hablando con el Dr. Carmichael aparece con una aguja. Me clava la punta en el cuello y veo como el hombre ata unas correas a la camilla para después sujetarme las muñecas y las piernas con ellas.
-¡¡¡SUÉLTAME!!! ¡¡¡HE DICHO QUE ME SUELTES DE UNA PUTA VEZ!!!- Trato de soltarme, de tirar con fuerza pero no puedo. Y entonces lo comprendo. No tengo escapatoria.
No estoy en el hospital que está a dos calles de mi casa. Estoy en un hospital psiquiátrico.
Me he dormido y ya no puedo luchar más.